"Para vivir más, uno tiene que olvidar; con el fin de olvidar, hay que reforzar la propia experiencia, la historia de la vida de uno, todo el pasado que se deja atrás”.
Wajda.
Poco sabía yo de Europa, más allá de las fronteras de la recién unificada Alemania; cuando la Cinemateca de la GAN era mi segunda casa y cursaba yo Artes, por aquellos 90 de olvido. Menos de sus cinematografías. Imagínese de directores con nombres impronunciables. Sin embargo, pasaba horas en esa sala sin entender nada, maravillándome con las imágenes de países remotos, extraños, y según la historia oficial, atormentados por la maldición del comunismo. Bajo la sombra de Stalin y con el escándalo de la muerte de Ceaucescu, realmente uno sentía pavor de tan sólo pensar en el este.
Imagine usted mi conocimiento sobre Polonia. Cero. Si acaso, que entre sus habitantes había un señor que dirigía películas, que tenía (como es usual) un apellido que no sabía cómo pronunciar, y que cuyo protagonista de ciertos filmes, era como el James Dean de la Cortina de Hierro.
Lo cierto es que con los panas, nos vimos más un ciclo del polaco ese raro, y aún me son inolvidables filmes como Cenizas y Diamantes (1958), El hombre de mármol (1977), El hombre de hierro (1981) y Danton (1983).
“El recuerdo no es sólo un acto personal y espontáneo. También es regulado a veces, por las reglas sociales del recuerdo, que nos dicen muy específicamente qué debemos recordar y qué debemos olvidar”.
Zerubavel.
Hasta que un día llegó la primavera. Se descorrió la cortina, y en Occidente nos dijeron que había triunfado la libertad. Entonces descubrimos que Praga era algo más que Kafka, y que en Polonia existía la solidaridad.
Pero tuvo que pasar el tiempo, mi tiempo -y ser algo más culta y por ende más domesticada-, para entender que en aquellas películas había otra historia. Que entre los relatos oficiales y las imágenes de Wajda, había sutiles pero fundamentales diferencias. Y entonces empecé a escrutar con más atención, los rostros y penurias de sus protagonistas. Y allí estaban: el obrero y la fábrica; las madres sin más oficio que la espera del marido que nunca volverá; los grandes héroes nacionales, quienes también sufren como sus pares sin nombre ni rostro, sus pares sin Historia.
Y se empezó a despertar en mí, la conciencia de que se construye una Historia, y por otro lado, existen las historias. historias como las de Wajda: las luchas por una sociedad más justa y equitativa y el rol que nosotrxs jugamos para hacerlas realidad; de pueblos que siempre estarán entre dios y el diablo; pero donde nace el sol. La geopolítica de territorios del Este -o del Sur-, que no son ni tan temibles ni tan homogéneos como relatan la imágenes oficiales (ésas que construyen la Historia).
Porque con Wajda comprendí, que cine y política o son inseparables, o no es cine y tampoco es política. En palabras de Andrew Sarris : “El cine no existe en un estado de sublime inocencia, intocable por el mundo. El cine tiene un contenido político, sea consciente o inconsciente, escondido o público”.
Todos nuestros actos, todos nuestros gestos, cuando son plasmados sobre la superficie plana de cualquier pantalla; cobran cuerpo, adquieren una dimensión social, moral e histórica. Dan cuenta, de manera honesta, falseada, libre o temerosa; de nuestras realidades.
En un momento como el que por ahora transitamos, debemos estar atentos. Porque, como dijo Wajda: “...ha llegado la hora de respondernos de dónde venimos, quiénes somos, y a dónde vamos y quiénes seremos”.
Hay mucho Robespierre suelto aún.
Texto ampliado de la publicación original en TodosAdentro, N° 632, 2016.
En: https://issuu.com/todosadentro/docs/issuu_632/1
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domingo, 23 de octubre de 2016
domingo, 16 de octubre de 2016
Comentarios de butaca.
Donde la palabra carece de sentido
Desde allá, Lorenzo Vigas, Venezuela-México, 2015.
Patricia Kaiser.
Del cine tradicional se apoderó un terror al vacío: que no ocurra nada frente a cámara, que nadie hable en escena. Abundan los filmes parlanchines y de acción. Personajes acontecidos que hablan mucho sobre lo que les acontece. Estamos tan ansiosos de “contar(nos)”; que pareciera que hemos olvidado que el cine es la extraña pero fantástica unión, de imágenes y sonido. Lo que no implica, siempre y porque sí, acciones y palabras.
Pero existe otro cine. Uno poblado de seres a los que poco les pasa y que han perdido la capacidad de expresarse. Un cine donde la palabra carece de sentido, pues es sólo comentario; donde nuestras acciones no impactan, más allá de nuestra desvanecida subjetividad. Ese cine observa con distancia a sus personajes, imposibilitado de penetrar en sus pensamientos y nos muestra un mundo desolado. Por eso es un cine que no le teme al vacío: al vacío del espacio, donde nada se acciona; ni al vacío que produce el silencio. Es un cine desolado, deshabitado. Como son las ciudades, cuando las observamos con detenimiento.
En ese otro cine se inscribe el filme de Vigas. Una cotidiana historia entre un hombre solterón, incapaz de relacionarse con el exterior más allá de la contemplación; y un joven deseoso de ser visto y quizá hasta de ser amado. Y desde esa contemplación de su protagonista, Vigas construye el relato con base en ausencias. Una cámara casi siempre frontal y fija, que rehuye del primer plano; diálogos mínimos, como si no hubiese la posibilidad de explicar nada; ausencia del personaje en cuadro, dejándonos en el espacio que una vez ocupó; falta total de música extradiegética y un uso parco de los recursos de montaje: corte franco y directo. Esta parquedad también tiene su expresión en la narración. Poco sabemos del pasado de Armando y Elder; y nada importan sus futuros. Asistimos tan sólo a los pocos momentos del (des)encuentro entre ambos. Es, como su título indica, una mirada desde allá. Desde las afueras de la acción; afuera de los personajes que poco hacen, porque dejan que la vida les haga; más allá de las palabras, que han perdido sentido.
Pero contradictoriamente, la poca intervención del director, que está situado allá y desde allá es que mira a esos seres, a esa ciudad, y a esa extraña forma de relacionarnos que algunos seres tenemos; se hace una intervención potente, una presencia constante, como el mirón que está detrás de la puerta, aunque nosotros no lo sepamos. Mientras sus personajes desaparecen y cumplen el sueño de varios personajes literarios; Vigas le grita al espectador: “Aquí estoy”, “Soy el mirón que todos quieren ser”. “Soy el escritor que se esconde detrás de Bernardo Soares, Rosario Girondo, o el desnombrado K”.
Sin embargo, una se alegra de ver propuestas como ésta, arriesgadas. Pero también se preocupa al ver que la fórmula se repite cada vez más. Y así como estamos saturados de los manidos códigos del cine tradicional; quizá pronto se nos haga cansino ver como este otro cine va repitiéndose, más allá de sus autores y procedencias.
Nota al pie.
No me dejan de asombrar, los títulos internacionales del filme: Caracas, eine Liebe (Caracas, un amor en alemán), o Les amants de Caracas (Los amantes de Caracas en francés), o Ti Guardo (Te miro en italiano, quizá el más cercano al título original).
No porque la historia no tenga un “amor” entre sus redes; o porque no esté presente la relación homosexual entre los protagonistas; sino más bien, por la comercialización internacional que de nuestras obras premiadas en los últimos años se ha hecho. Cuando veo estos títulos y recuerdo que Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari) se llama en inglés My straight son (Mi hijo heterosexual, algo que contradice totalmente lo que para esta servidora es el espíritu del filme); me entra una urticaria al pensar que desde allá anden pensando, que “al fin” hemos salido del clóset de la moralidad y las moralinas. Cuando nuestra cinematografía, con excepciones que siempre confirmarán la regla, ha abordado éste y otros temas, con honestidad y un alma descarnada. Como homenaje, sólo voy a citar a Walerstein.
Ficha técnica.
Desde allá, Lorenzo Vigas, Venezuela-México, 2015.
Guión: Lorenzo Vigas; basado en una historia de Lorenzo Vigas y Guillermo Arriaga; Producción Ejecutiva: Edgar Ramírez, Gabriel Ripstein; Producción: Lorenzo Vigas, Guillermo Arriaga, Rodolfo Cova, Michel Franco; Dirección de Fotografía: Sergio Armstrong; Edición: Isabela Monteiro de Castro; Actúan: Alfredo Castro y Luis Silva.
Sobre el director.
Vigas nació en Mérida (Venenzuela) en 1967. Es hijo del pinto pintor Oswaldo Vigas. Se graduó de biología molecular en los Estados Unidos, y fue solo cuando iba a cumplir 30 años que decidió estudiar cine en la Universidad de Nueva York. Trabajó en Bolívar Films, Cinesa y en México; haciendo documentales y cuñas de publicidad, hasta que dirigió su primer corto Los elefantes nunca olvidan, que fue presentado en Cannes en 2004. También dirigió el documental El Vendedor de Orquídeas, aún por estrenar.
Desde allá, Lorenzo Vigas, Venezuela-México, 2015.
Patricia Kaiser.
Del cine tradicional se apoderó un terror al vacío: que no ocurra nada frente a cámara, que nadie hable en escena. Abundan los filmes parlanchines y de acción. Personajes acontecidos que hablan mucho sobre lo que les acontece. Estamos tan ansiosos de “contar(nos)”; que pareciera que hemos olvidado que el cine es la extraña pero fantástica unión, de imágenes y sonido. Lo que no implica, siempre y porque sí, acciones y palabras.
Pero existe otro cine. Uno poblado de seres a los que poco les pasa y que han perdido la capacidad de expresarse. Un cine donde la palabra carece de sentido, pues es sólo comentario; donde nuestras acciones no impactan, más allá de nuestra desvanecida subjetividad. Ese cine observa con distancia a sus personajes, imposibilitado de penetrar en sus pensamientos y nos muestra un mundo desolado. Por eso es un cine que no le teme al vacío: al vacío del espacio, donde nada se acciona; ni al vacío que produce el silencio. Es un cine desolado, deshabitado. Como son las ciudades, cuando las observamos con detenimiento.
En ese otro cine se inscribe el filme de Vigas. Una cotidiana historia entre un hombre solterón, incapaz de relacionarse con el exterior más allá de la contemplación; y un joven deseoso de ser visto y quizá hasta de ser amado. Y desde esa contemplación de su protagonista, Vigas construye el relato con base en ausencias. Una cámara casi siempre frontal y fija, que rehuye del primer plano; diálogos mínimos, como si no hubiese la posibilidad de explicar nada; ausencia del personaje en cuadro, dejándonos en el espacio que una vez ocupó; falta total de música extradiegética y un uso parco de los recursos de montaje: corte franco y directo. Esta parquedad también tiene su expresión en la narración. Poco sabemos del pasado de Armando y Elder; y nada importan sus futuros. Asistimos tan sólo a los pocos momentos del (des)encuentro entre ambos. Es, como su título indica, una mirada desde allá. Desde las afueras de la acción; afuera de los personajes que poco hacen, porque dejan que la vida les haga; más allá de las palabras, que han perdido sentido.
Pero contradictoriamente, la poca intervención del director, que está situado allá y desde allá es que mira a esos seres, a esa ciudad, y a esa extraña forma de relacionarnos que algunos seres tenemos; se hace una intervención potente, una presencia constante, como el mirón que está detrás de la puerta, aunque nosotros no lo sepamos. Mientras sus personajes desaparecen y cumplen el sueño de varios personajes literarios; Vigas le grita al espectador: “Aquí estoy”, “Soy el mirón que todos quieren ser”. “Soy el escritor que se esconde detrás de Bernardo Soares, Rosario Girondo, o el desnombrado K”.
Sin embargo, una se alegra de ver propuestas como ésta, arriesgadas. Pero también se preocupa al ver que la fórmula se repite cada vez más. Y así como estamos saturados de los manidos códigos del cine tradicional; quizá pronto se nos haga cansino ver como este otro cine va repitiéndose, más allá de sus autores y procedencias.
Nota al pie.
No me dejan de asombrar, los títulos internacionales del filme: Caracas, eine Liebe (Caracas, un amor en alemán), o Les amants de Caracas (Los amantes de Caracas en francés), o Ti Guardo (Te miro en italiano, quizá el más cercano al título original).
No porque la historia no tenga un “amor” entre sus redes; o porque no esté presente la relación homosexual entre los protagonistas; sino más bien, por la comercialización internacional que de nuestras obras premiadas en los últimos años se ha hecho. Cuando veo estos títulos y recuerdo que Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari) se llama en inglés My straight son (Mi hijo heterosexual, algo que contradice totalmente lo que para esta servidora es el espíritu del filme); me entra una urticaria al pensar que desde allá anden pensando, que “al fin” hemos salido del clóset de la moralidad y las moralinas. Cuando nuestra cinematografía, con excepciones que siempre confirmarán la regla, ha abordado éste y otros temas, con honestidad y un alma descarnada. Como homenaje, sólo voy a citar a Walerstein.
Ficha técnica.
Desde allá, Lorenzo Vigas, Venezuela-México, 2015.
Guión: Lorenzo Vigas; basado en una historia de Lorenzo Vigas y Guillermo Arriaga; Producción Ejecutiva: Edgar Ramírez, Gabriel Ripstein; Producción: Lorenzo Vigas, Guillermo Arriaga, Rodolfo Cova, Michel Franco; Dirección de Fotografía: Sergio Armstrong; Edición: Isabela Monteiro de Castro; Actúan: Alfredo Castro y Luis Silva.
Sobre el director.
Vigas nació en Mérida (Venenzuela) en 1967. Es hijo del pinto pintor Oswaldo Vigas. Se graduó de biología molecular en los Estados Unidos, y fue solo cuando iba a cumplir 30 años que decidió estudiar cine en la Universidad de Nueva York. Trabajó en Bolívar Films, Cinesa y en México; haciendo documentales y cuñas de publicidad, hasta que dirigió su primer corto Los elefantes nunca olvidan, que fue presentado en Cannes en 2004. También dirigió el documental El Vendedor de Orquídeas, aún por estrenar.
domingo, 9 de octubre de 2016
Caracas (in)transitable. Crónicas de una ciudad.
Caracas (in)transitable. Crónicas de una ciudad.
El motorizado accidentado.
Los médicos dicen que está algo mal. No muy mal, pero algo. Al parecer se fracturó la pierna derecha, y tiene el brazo bastante mallugado. El golpe en la cabeza no pasa de una contusión. Él, que nunca se pone el casco, ese día lo cargaba de vaina. Era porque creía que iba a llover y no se quería mojar la cabeza.
La moto si que está jodida. Bueno, no es que lo esté tanto; pero con la carestía de repuestos, le va a ser difícil repararla a corto plazo. Pero eso qué importa. Igual no puede manejar por al menos un par de meses. Y eso depende de lo que pase después de la fisioterapia. Jodido para siempre sí que quedó el celular. Uno de esos inteligentes, que como todo inteligente, apenas le dan un empujón, se jode pa toda la vida.
Su mujer y su chamo pequeño -tendrá como unos cinco años- están en la sala de espera. No hay espacio suficiente en la sala común de emergencias, para andar teniendo visitas. Y el médico pasa cada golpe de obispo. Fue la enfermera quien les dijo lo de la fractura y demás golpes.
La mujer no entiende bien lo que pasó. O mejor dicho, no entiende nada. La policía anda pregunta que pregunta que pregunta. Pero ella no estaba en el lugar de los hechos. Así que es poco lo que puede decir. Y se le salió la burrada del casco, que casi nunca lo usa. Le piden los papeles del seguro de la moto, pero ella ni idea. Y el accidentado no los carga encima. Ya por ahí, le sale multa.
De pronto llega un médico forense. La mujer se pone toda nerviosa, pero le explican que es rutinario en los accidentes de tránsito. El puto tránsito. Al fin aparece el médico, que igual hizo esperar a la policía y al forense como unas tres horas. Le dice a su colega perito que casi todas las heridas, son las clásicas de una caída en moto, una caída en moto que iba en movimiento. Casi casi normales, y con movimiento.
La mujer se asusta. Casi, casi, casi…
Es raro, se cayó del lado derecho. Por eso la fractura es en esa pierna, e igual el brazo contusionado, y demás raspaduras y desgarros de la ropa. Pero la franela tiene una marca extraña del lado izquierdo. Muy rara. Es una huella de zapato, una huella que también dejó rastros sobre la piel del paciente. Bueno, eso cree el médico general, quien espera con ansias empezar el postgrado, para dejar el hospital de mierda este.
- Usté sabrá mejor que yo, le espeta al que sí tiene postgrado y es perito.
Le entrega todas las pertenencias del motorizado a los policías, quienes han supervisado su colocación en bolsas identificadas y con los respectivos precintos.
La mujer pregunta por el casi, casi; pero es abandonada por el doctor, el perito y los policías. El niño empieza a quejarse del lugar y pide sus juguetes y el irse a casa.
- Es lo mejor, replica la enfermera. Pasará un buen rato hasta que le pongan el yeso. Además, los policías todavía deben interrogarlo, y sin eso, no le podemos dar el alta. Vaya y cómase un chachito.
En su pequeño laboratorio, más bien una pequeña sala con mala iluminación y una par de escritorios mugrientos; anda el perito. Lleva las bolsas identificadas a un mesón grande, donde lupas y otros objetos de carácter científico, le ayudan en su tarea. Un par de colegas, andan también escrutando unas bolsas de otro accidente. Uno en que sí hubo muerto. En otro lugar del edificio, deben andar los mecánicos, revisando la moto.
Saca primero las radiografías y demás informes médicos. Nada fuera de lo normal. Lo clásico de un motorizado que al suelo fue a dar. Lo ve a diario.
Pasa luego con parsimonia y bastante ladilla (porque le tocó el motorizado y no el muerto) a las ropas y en especial, a la casi casi camisa sospechosa.
Casi toda la ropa concuerda efectivamente con la caída del lado derecho. Tienen rastros de asfalto de ese lado, lo que confirma que rodó por el pavimento. Y que también confirma que estaba en movimiento. Hubo derrape. Pero la camisa sí que entraña un misterio. Un pequeño y diminuto misterio que emociona al forense, al ver que su rutinario accidente, podría convertirse en algo más.
Como le dijo el pichón el médico, del lado izquierdo de la camisa, que en realidad es un franela Ovejita azul con el logo de la empresa donde el susodicho motorizado es mensajero; tiene un huella de zapato a la altura de las costillas. Muy cerca de la cintura.
El forense toma su lupa, nada que ver con las de CSI que su mujer ve todas las tardes emocionada y orgullosa del trabajo de su marido; y observa con detenimiento. En una huella de zapato deportivo. Pie izquierdo. Toma luego la regla y mide. Unos 38.9 centímetros. Debe ser talla 40, anota el perito en su hoja de informe. Por la huella, detecta que son unos Nike, pero nada sobre el modelo, y por ende, ni si son de hombre o de mujer. Mierda, es que esas vainas son casi todas unisex. Y no puede evitar recordar el comentario de su compañero inspector, recién graduado de la Unes, quien le dice que usa perfume unisex… ¡Maricón!
Como ni soñar con una base de datos de zapatos, tan solo anota la marca del mismo y el número de calzado. Más abajo, se toma la libertad de acotar algo personal: debe ser de un hombre.
¿De un hombre?. Sí. Primero porque si alguien tiene fuerza para patear a un motorizado es hombre. Y segundo, porque si fuera mujer, debería medir como mínimo 1.70 para tener esa pata.
Ahora bien, ¿lo patearon antes o después del accidente?. Le informa al investigador del caso, quien pasa a revisar antecedentes de violencia doméstica en el motorizado accidentado.
- Hay que hablar con la mujer. Y hacerle también forense, porque esas nunca dicen nada por miedo a otra coñaza. Aunque la mujer es más bien bajita. O promedio, mejor; así no se anda ofendiendo a nadie. Con estas nuevas leyes, ya uno no sabe qué pueden catalogar de maltrato policial.
Ya son las ocho de la noche. Y la mujer ha regresado hace rato a la sala de espera. El niño anda jodiendo por los pasillos, más allá de los vanos intentos de la enfermera de controlarlo. Olvídalo, hay mucha gente.
Ve entrar a los policía y se emociona. Cree que al fin los van a dejar ir. Su marido ya tiene el yeso, los récipes y demás.
- Señora, disculpe la pregunta. ¿Su marido la golpea, hay violencia en su hogar….?
Perpleja la pobre, no entiende ni pío. Pero activa las alarmas y de su boca sale la retaíla de siempre: mi marido en un buen hombre, trabajador, padre responsable… Bebe un poquito los fines de semana con los amigos del barrio, pero usté sabe, lo normal, para relajarse del trabajo. Y violento nunca. Es algo estricto con el niño, lo regaña cuando se pone flojo con las tareas; pero en su vida le ha levantado la mano. Bueno, levantado sí, pero nunca le ha pegado. Ni a mí tampoco. Nunca.
El inspector baja la mirada y observa sus zapatos. ¿Cuánto calza?. -¿Cómo?.... 36. ¿Y eso qué importa? - Y su marido, cuánto calza. - No sé, 42 creo. -¿Tienen deportivos Nike en su casa? -Qué…. -Deportivos Nike. -Bueno, deportivos Nike Nike no. Unas imitaciones chinas sí que tenemos. Dicen Nike, pero yo sé que Nike Nike no son. Dicen Made in China. Y por lo que nos costaron en el buhonero de Petare, no creo que sean Nike Nike. -¿Son suyos o de su marido? -De mi marido, para la moto. No puede andar en moto con los zapatos de domingo. Se le joderían.. Ay disculpe! ¿Será que ya nos podremos ir?, es que el niño está cansado, y mañana tiene escuela, y no ha hecho la tarea, ni ha cenado… Y vamos a tardar como 3 horas en llegar a casa. Imagine, ahora sin la moto. Y nosotros somos pobres, no tenemos para un taxi.
- Pero, ¿no anda por ahí alguno de los compañeros de su marido? -Bueno sí, Julián. Y por allá afuera están un par más de colegas que se detuvieron a ayudarlo con la caída. Usté sabe que los motorizados son muy solidarios entre ellos.
- Pues vamos a interrogarlos, le dice el investigador a uno de los policías. Alguien debió ver algo. O de seguro, fue uno de esos panas, que cuando lo fue a recoger, lo pisó sin querer… -O queriendo, espeta el policía con más tiempo, ya fastidiado con tanto lío por un motorizado jodido. Otro más para la cuenta diaria.
- Señor Julián, se le acerca el viejo policía, luego de que la mujer lo señalara, venga. Su identificación. Y llame a sus otros compañeros de oficio, que tenemos que hablar con ustedes.
Se arma un pequeño grupo en una de las esquinas de la sala de espera, ante la indignación (hay que agregar la arrechera) de la enfermera y el médico aprendiz, quienes ya quieren cerrar el caso, para irse a ver Buscando el norte, serie y paraíso televisivo con el que todo subdesarrollado proletario sueña.
- Tenías Ricardito que decir lo del pequeño moretón de un zapato del lado izquierdo. Una pendejera. Seguro fue un pisotón de esos que le dan a cualquiera en una multitud. A tu edad, cuando me iba de fiesta, siempre volvía a casa con algo así. O ve tú a saber si fue de una “tarde agitada” con la chica de la fotocopiadora. Estos jóvenes con ganas de sobresalir. Como si con eso, te fueras a saltar tu pasantía por estos lares, e ir derechito al postgrado de traumatología. ¡Huevón!
- Oiga, mire señor inspector, dice Julián, Julián Camacho para más señas; nosotros andábamos por la ruta y vimos al amigo caído. Como le digo, andábamos por ahí, deteniéndonos porque el semáforo estaba en rojo. Y usté sabe que nosotros nos detenemos en rojo. Eso es ley. Lo dice el reglamento. Nosotros nos paramos, y vimos a los peatones, dignos ciudadanos como nosotros; pasar por la cebra. Que para eso está marcada y nosotros respetamos la ley. Desde que estamos asociados, respetamos la ley. No le niego que haya una oveja negra en el rebaño del señor, pero qué va. Nosotros estábamos en la cebra. Esperando el verde. Como en la canción. ¿La recuerda? Yo se la canto a mis hijos, para que desde chiquitos aprendan.
- ¿Estaban en la cebra?. Sea más específico, ¿estaban detrás del rayado peatonal, o sobre el rayado peatonal?. Porque tanto tránsito, como el informe del perito nos dicen que hubo derrape.
- ¿Derreape? Oiga. Digo, mire. Pues estábamos ahí, en la cebra. Y detenidos. Sí, detenidos.
- Yo recuerdo a los peatones caminando sin problema en su verde. Ahora le toca al turno al mayor de la partida. - Pedro José Augusto, para servirle. Jefe de la línea “Los motorizados del Hambre”. Yo recuerdo un carrito medio atravesado y por eso no pude ver bien. Pero como le dijo mi compañero Camacho, ahí todo el mundo estaba ley.
- Pues no estaban, porque hubo derrape. Pero digan, ¿cuánto calzan?, ¿tienen zapatos Nike?
- Oiga, ¿eso no es una pregunta personal? A mí eso de cuánto calzo, no me lo preguntan ni las jevitas del barrio. Ellas ya con mirar, tienen bien medida la cosa.
- Esto serio señores. Talla y modelo de zapato.
- Yo soy 42 y tengo estos NB. -Y yo soy el orgullo del 45. Orgullo que viene envuelto, en estas botas Puma. Para que vean no sólo el tamaño, sino la fiereza. Y claro, para que no se me mojen las patas. Porque hoy prometía lover. Gracias a mi diosito que el clima nos trató bien.
- Pues nos vamos todos a la comisaría, porque hubo derrape, hay un zapato perdido, y ustedes en ley, no andan.
Mientras en el hospital todo era un revuelto de zapatos, huellas de suelas deportivas, y comparaciones de hombría en calzado, amén de la cebra, el derrape y la ley; ella en su casa limpiaba con parsimonia sus tenis. Son de esos para correr. O al menos eso dice la caja. Son Made in China, porque ahora todos los Nike, hacen maquila por aquellos lares.
Una vez terminada la faena de sacarle el barro a las suelas y limpiar el resto del zapato, donde cada día se ve menos el sello distintivo de los campeones deportivos; se tumbó en el sofá a ver tv. Esa noche daban Buscando el norte. Una serie muy divertida, donde los del sur, que viven coleados en tierras teutonas, se burlan de los germanos por ser tan estrictos en todo. Incluyendo las normas de tránsito.
Y esa mañana pudo más el águila prusiana cuando vio al motorizado muy orondo, posar su moto sobre el rayado peatonal, con toda la intención de seguir en estampida. Encantado de la vida, atravesado en su camino, chateando con su celu inteligente.
No pudo contenerse, y aprovechó que de alemana tiene la pata, para quitarlo de su tránsito legal.
Al día siguiente, mientras caminaba rumbo a su rutina matutina de ejercicios; oyó de pasada comentar a sus vecinas el accidente del motorizado. -Al parecer no tiene nada grave. Igual ya lo veremos dentro de un par de meses, jodiendo por ahí por otra vez.
Mientras, ya en su casa, el motorizado anónimo guardaba lo más profundo de su memoria, la imagen de esa mujer que lo llevó al suelo. ¡A mí nadie me va a decir maricón, por ser tumbado con todo y moto, por una jeva con 40 de pata! Motorizado del hambre sí, pero guevón nunca. Con una sonrisa en su rostro, miró con profundo amor, los diminutos pies de su mujer.
- Cuando vuelva a la chamba, debo fijarme en los tacos de Lupita, suspiró.
Apuntes sobre el documental iberoamericano.
Apuntes sobre el
documental iberoamericano.
(Primer apunte) La
metáfora del viaje.
Patricia Kaiser.
En
algunas ocasiones se emprenden viajes para conocer tierras y parajes
ajenos. En otros casos, se toman las maletas para abandonar, o
instalarse en el abandono. Y en algunos casos más, se viaja para
recordar, para retornar a uno mismo, o evocar la memoria de los
otros. Pero lo cierto es que todo viaje comprende tanto el conocer,
como el desconocerse; tanto una partida, como un retorno.
Por eso
es que el viaje siempre ha sido fundamental en la articulación de la
memoria y de la narración; bien sea la narración de uno mismo, o la
narración de seres ajenos (reales o ficcionados, incluyendo la
ficción que de uno mismo puede hacerse, como lo es la biografía). Y
así, desde la primera frase de cualquier cuento oral como “Érase
una vez....”, emprendemos una línea de fuga hacia adelante, hacia
atrás, o incluso hacia abajo. Un viaje vertical.
De viajes
y de búsquedas, tratan tres de los más interesantes documentales
(para quien este viaje escribe) que formaron parte de la preselección
de los Premios Fénix de este año. Tomaremos un par de trenes en
búsqueda un pasado que siempre ha estado presente; para luego
abordar un barco, tan sólo para encontrar una historia de amor y su
imposibilidad.
I.-
“Cuando
viajas con alguien... siempre tiendes a mirar lo que te rodea con
extrañeza mientras que, cuando viajas solo, el extraño siempre eres
tú”.
Enrique
Vila-Matas.
Treblinka,
Sérgio Tréfaut. Portugal, 2016.
Vamos
rumbo al Este, ese temido Este que tiene como punto de origen, el
muro que separó al territorio alemán. Es un viaje lento, pausado,
que pareciera no tener fin, aunque su fin está ya encerrado en sus
vagones. Vamos hacia Treblinka. Una Treblinka que pareciera quedar,
incluso más allá de los Cárpatos, mucho más allá. Porque es un
viaje hacia la muerte. Un viaje lento, pausado, con un definitivo
final.
Es un
tren habitado por fantasmas. Seres desnudos, porque para morir no
hacen falta las ropas. Ni tampoco hacen falta éstas, en el más allá
de la frontera del horror. A través de las empañadas ventanas del
vagón, porque es un viaje de invierno, sólo vemos estaciones
vacías, quizá con algún paseante que desconoce la carga que dicho
tren porta en su interior.
Pero ahí,
junto a los fantasmas, se encuentra una elegante mujer. Una que
regresó del horror y ahora emprende el retorno, para recordar y
reconocerse en sus compañeros de ruta. Y junto a ella, viaja una
voz, la voz de otro ser que sobrevivió a los viajes: al de ida y al
de regreso. Ella es Marceline Loridan-Ivens, la viuda de Jori Ivens,
quien sobrevivió a los trabajos forzados en Birkenau. Él en cambio,
es uno de esos pocos que nos sólo lograron sobrevivir en Treblinka;
sino que además, se fugaron en una acción sin precedentes en los
campos de concentración polacos. Su nombre es Chil Rajchman, quien
recogió su dolor y tormento, en el libro Treblinka: a survivor’s
memory (Je suis le dernier juif, en francés). A estos
testimonios, el director de origen brasileño, sumó las confesiones
de Frank Stangl -el jefe a cargo de Treblinka- recopiladas en forma
de entrevistas por Gitte Sereny en Into That Darkness.
Para
evitar “el turismo del holocausto”, que infesta los trenes que
desde el Oeste parten hacia Polonia, y para evitar caer en la
banalización de las imágenes del horror (una banalización que muy
explica Susan Sontag en Ante el dolor de los demás),
Tréfaut opta por el ensayo-autobiográfico como forma para narrar la
historia de millones de judíos (pero no sólo ellos), que fueron
exterminados por un poder ciego, pero sobre todo, temeroso del otro.
Para el director “la palabras pueden ser más fuertes que las
imágenes”.
Por esta
razón, Tréfaut opta por una imagen cerrada sobre sí misma: el
interior del tren, donde habitan cuerpos desnudos (sin identidad ni
dignidad alguna, como sus viajeros de la época). Y a ellos, a ese
espacio cerrado que es metáfora de las fosas comunes a dónde serían
arrojados; les superpone una voz en off, que nos narra cómo
sobrevivió ese hombre que pudo ser otro; y que de hecho, ahora lo
es.
El tren
se convierte entonces, en las páginas de un diario. Los cuerpos
desnudos, en los miles de compatriotas que no sólo vio morir, sino
que ayudó en su ejecución. Quizá por eso lo acompañan en este
tránsito. Por llevar sus vidas a cuestas.
Uno de
los momentos más duros de la confesión, y que el tono monocromático
de la voz en off lo hace parecer un retahíla sin fin ni finalidad; es
cuando el entonces prisionero, descubre que para sobrevivir, necesita
de la llegada de otro tren y de otro y de otro, cargados de judíos
que no pasaban más un día sin entrar en las cámaras de gas. Porque
Chil, que bien pudo llamarse Hermann o Joseph; era uno de los
prisioneros trabajadores del campo. La maquinaria nazi, utilizaba a
los mismos judíos para la manutención del campo. Ellos eran
barberos, seleccionaban las ropas utilizables, cargaban los cuerpos a
las fosas comunes, y extraían los dientes de oro que enriquecían
las arcas de la SS, la Gestapo y toda la maquinaria mortuoria. Así
que para su subsistencia, necesitaba la llegada de los trenes. Y una
tarde, no llegó tren alguno. Y Chil sabía que eso significaba,
convertirse en un ser prescindible. En un muerto más. Por lo que,
contra todos sus valores y solidaridades; suplicó por la llegada de
un nuevo tren. Lamentablemente para muchos, sus deseos se cumplieron.
El tren
hacia Treblinka es una metáfora del viaje que algunos emprendieron
sin retorno; y que otros, han tomado de vuelta, para evitar el olvido
y darse cuenta de que son seres extraños: extraños por sobrevivir,
extraños por hacerlo a costa de sus compatriotas sin rostro, sin
nombres (Treblinka es uno de esos campos que, dada la rapidez con la
que se llevaban a cabo las ejecuciones -un prisionero no pasaba más
de un día sin ser enviado a las cámaras de gas-; y del hecho de que
en los trenes, ya la mitad de sus pasajeros, o bien habían muerto, o
se habían suicidado al tener la certeza de su destino; ha sido muy
difícil no digamos identificar los nombres de sus víctimas, sino
incluso contabilizarlas).
Pero
por sobre todas las cosas, Treblinka se constituye en
un relato biográfico. Y juega con las licencias que toda biografía
digna de ese nombre, tiene a su disposición: el yo que escribe, no
es el mismo que es escrito (piense en Kafka y en K.); los hechos que
se relatan, no son los que de verdad nos ocurrieron, sino la forma en
los recordamos (recuerde a Walser); y el sujeto narrado, no es único,
sino polivalente (¿cómo hemos de nombrar a Pessoa?).
Treblinka
entonces, no es un lugar, no es el relato de algún sobreviviente. Es
un viaje en tren lento, pausado, donde la extrañeza no está en lo
que el velo invernal nos deja ver o nos oculta; sino en nosotros,
esos seres desnudos, que lo habitamos y lo hacemos real, junto a
sonido de lo rieles sobre la nieve.
II.-
“Lisboa,
en cambio, tiene otro encanto, el de la precariedad, pues nunca se
sabe si llega uno al fin de un viaje o al punto de partida”.
Enrique
Vila-Matas.
El tren de la línea
norte, Marcelo Martín, Cuba, 2014.
Marcelo
en un joven que decide retornar a la provincia de su infancia, Ciego
de Ávila. Pero Marcelo también, es un joven cineasta. Así que
decide transformar el retorno al territorio de sus años de
inocencia, en un testimonio documental de la provincia de sus
recuerdos, hoy en día. Para seguir la ruta de sus pasos perdidos,
decide tomar el “Carro de Puertas”, un tren de un solo vagón que
es el único medio de transporte entre varios poblados, y que hace la
ruta desde los años 40 del pasado siglo, partiendo de Morón hasta
la costanera ciudad de Punta Alegre.
Como a
Proust, pero partiendo de algo más tangible y desolador que los
aromas primaverales; a Marcelo lo detienen en Falla, la visión de su
plaza, la biblioteca y la segura promesa de encontrarse con sus ya
viejos, amigos y mentores. Y así efectivamente ocurre.
En las
primeras de cambio, todo es alegría en nuestro biógrafo. Pero la
alegría, ya sabemos, es breve. En Falla descubre el olvido, el
abandono, la miseria y la sub-vivencia, de sus moradores. Porque en
Falla, no parece que se habite; sino que se mora. Se deambula. La
antigua bibliotecaria y maestra, que extraña los tiempos en que se
dedicaba a abrirles las páginas de la imaginación a niños como
Marcelo; el dueño de un cine abandonado, que pudo ser gloria y hoy
es olvido. Y yendo un poco más allá de los márgenes de esa gran
falla en el sistema socialista, las cuarterías y sus
habitantes. Cientos de seres que bajo la promesa de la
“autoconstrucción”, finalmente tuvieron que refugiarse en
minúsculos habitáculos multifamiliares; hechos de cartón y lata.
En comparación, los falansterios de La Habana son la realización
absoluta de Charles Fourier.
Ahí, más
allá de la falla, habitan seres marginales que sólo encuentran en
la delincuencia el modo de hacerse con lo mínimo para la vida.
Campesinos que ven sus reses perderse, en el robo casi lícito del
que son víctimas, pues esas vacas alimentan a sus vecinos. Un pueblo
cada vez más ausente, porque la pena por el robo de reses, es de
hasta 17 años. Unos residentes con casa a medio construir, porque la
nueva ley, impide que las cuarterías obtengan financiamiento, al
colindar pared con pared, y no haber distingo en la propiedad.
Ciego de
Ávila parece ser invisible. El Comité del PC de la provincia -que
se negó a dar testimonio-, parece haber enfermado de Saramago. Poco
importa el pasado glorioso del pueblo, que en la segunda década del
siglo XX fue uno de los centrales azucareros más eficientes de Cuba:
"El Adelaida". Y es casi una ironía, el cartel que recibe
al viajero que abre las páginas de este Carro de Puertas: "Cuba
es un país socialista de la América Latina insular, donde el Estado
es el dueño mayoritario de los medios de producción con el objetivo
de garantizar el bienestar de todos los ciudadanos".
Luego de
esta pausa, porque Marcelo se contagió de la pausa permanente de los
habitantes fallidos; poco importa seguir abriendo las puertas hacia
Puerto Alegre. Ya dijimos que la alegría es breve, y nuestro
biógrafo, ahora convertido en cronista; tiene poco ánimo y casi
ninguna esperanza, de encontrar regocijo en la parada final de un
tren con un único vagón, que lo dejará en las puertas del Caribe,
mirando un horizonte precario.
Lo
importante para nuestro cronista, y para nosotros sus lectores, es
saber que Falla, Ciego de Ávila y Cuba toda; es como la Lisboa de
Vila-Matas. Puede ser un viaje con un final: un final en un puerto
alegre, alegre quizá porque es el término de todo. Pero también
es, aunque precario, un punto de partida. Nuestro cronista, único
vidente en un país cegado, nos lleva de la mano por este viaje que
no distingue el punto de llegada del de partida; y que quizá como
Lisboa, la otra Lisboa invidente, despierte un día para descubrir
con sorpresa, que todos hemos vuelto a ver. Que ahora nos
reconocemos, precarios sí, muy precarios, pero listos para tomar
otro vagón y comenzar otra crónica.
III.-
“Viajar
es sobre todo, un clima, un estar a solas, un estado discretísimo de
melancolía y soledad”.
Enrique
Vila-Matas.
El viento sabe que
vuelvo a casa, José Luis Torres Leiva, Chile, 2016.
Cuenta una leyenda de los 80's del siglo pasado, que una joven pareja
desapareció en Meulín, una isla al sur de Chile. El cineasta
Ignacio Agüero, decide emprender años después, un viaje a esa
región de Chiloé, para buscar información sobre la extraña
desaparición -ya que los jóvenes no dejaron rastro alguno-, y
llevar a cabo un proyecto de ficción. Por lo que también aprovecha
el viaje, para hacer un casting con jóvenes de la localidad.
Lo
primero que Agüero descubre, es que tan fácil para un extranjero el
no pasar desapercibido; como para un local el desaparecer. Todos los
que entrevista para su investigación, le contestan que no saben o no
creen recordar la historia; pero que suena a posible. Todo es
posible en un isla tan alejada del mundo, y donde cada familia es
mundo, alejado del otro.
En esta
travesía por la búsqueda de una desaparición, y el intento de
reconstruirla con jóvenes no actores de la zona; Agüero -director
en la vida real-, es el personaje de ficción que se crear el autor
(Torres), para contar una historia de soledades que se encuentran, y
de unas fronteras que pocos cruzan, instaladas más allá de la
memoria.
Poco a
poco, el cineasta Agüero le va contando al cineasta Torres, quien a
su vez nos lo cuenta a nosotros, cómo esta pequeña isla está
dividida en dos. Una división que se ha ido precarizando, pero que
existe, y sobre todo que existió. De un lado está San Francisco,
donde habitan los “nativos” (esos que casi toda Latinoamérica se
ha empeñado en borrar, y con especial ahínco Chile); y del otro,
apenas a cruce de un puente (los puentes no sólo están construidos
para tender cercanías; sino también, para separar vidas), El
Tránsito, donde se instalaron, para nunca más transitar hacia otros
rumbos, los colonos.
Así que
tal vez la historia de Torres que cuenta Agüero -o viceversa, ya
poco importa-, sobre la extraña desaparición de los jóvenes
amantes, que cruzaron ya no un puente, sino las aguas del Pacífico;
se deba a que cada uno de ellos vivía en los polos opuestos de la
isla. Ya se sabe que el amor sí conoce de fronteras, en especial las
raciales.
Nuestro
biógrafo de unos amantes desaparecidos, continúa deambulando con el
viento en contra; mientras en sus encuentros con los habitantes de la
isla, se va tejiendo la memoria de unos seres que por estar más allá
de tierra firme; construyen un modus vivendi de cara al mar, a
los volcanes imaginarios del niño que cierra el ciclo; en un país
que como bien dice Patricio Guzmán, siempre ha vivido de espaldas al
Pacífico, más allá de tener la costa más extensa de nuestro
subcontinente.
Este
viaje por encontrar rastros, huellas, de los amantes de Chiloé; es
efectivamente un clima, un clima signado por el viento de los mares
que rodean la isla. Un clima de melancolía, porque ya no podremos
recuperar ese amor; y también un clima de soledad, porque al final,
frente al volcán imaginario, Agüero descubre que ha vuelto a casa,
una casa a la que quizá él perteneció; pero que no es la casa de
Torres, quien quiso en los amantes de Chiloé, encontrar refugio. Y
así no les quedó más opción al personaje y al narrador, que tomar
el barco del vuelta a tierra firme. Ya sabemos que todo viaje es, un
punto de llegada, pero también un punto de partida.
IV.-
“Cruzaron
por lugares por los que parecía imposible perderse”.
Enrique
Vila-Matas.
Estas
tres obras, documentales, biográficas, de cronistas; han adoptado el
viaje como metáfora y también como recurso narrativo, para poder,
no pensar sino para verbalizar, lo que desde siempre ha sido una
angustia del hombre desde que éste ha tenido la facultad de
re-presentarse, es decir, desde que lo invadió el mal de la
cultura. Y eso que siempre desde que somos cultos, nos ha sido
casi imposible de aprehender, no es otra cosa que nuestra identidad.
Término
complejo, pues qué somos. ¿Somos acaso lo que nos ha sido heredado
por tradición: nuestra raza, nuestra fe?, ¿somos los que nos ha
tocado ser en el devenir histórico de nuestra vida y nuestra
morada?, ¿somos acaso un historia que se resiste a ser olvidada, que
pudo ser? ¿O somos acaso, lo que la circunstancia nos
demanda?
En ese
tren hacia el oeste, iban juntas las víctimas y los que serían sus
victimarios, obligados por la necesidad. Nadie era culpable, pero
tampoco nadie era inocente. ¿Aún lo somos?. En ese carro de
puertas, se va hacia un puerto que en su camino, ha ido olvidando la
alegría con que fue bautizado. Y gracias al viento, retorna a casa
una historia como cualquier otra, que sólo espera las condiciones
climáticas adecuadas, para hacer su aparecimiento.
Como la
identidad es tan compleja, los directores de estas obras han tenido
que buscar su doppelgänger, para poder narrar-se. Tréfaut
usa Chil, disfrazado de Marceline. Marcelo el niño avileño, debe
transformarse en Martín, un cineasta nada cómodo. Y Torres necesita
de Agüero, tanto como Agüero necesita de Torres, para encontrar el
camino que lo lleve de vuelta a casa.
Después
de tanto recorrido, tanta lectura de páginas imaginables e
imaginadas, y de tanto vernos en el espejo de una pantalla, ya
sabemos que las biografías no cuentan la vida real de sus autores,
sino de sus narradores. Y que la crónica no relata los
acontecimientos tal como sucedieron, sino como los recuerda el
cronista.
Notas sobre los
filmes y sus directores.
Treblinka,
Sérgio Tréfaut. Portugal, 2016.
Tréfaut
nació en Brasil en 1965. Luego de estudiar un Máster en Filosofía
en la Universidad de la Sorbona (París, Francia), se radicó en
Lisboa. Entre sus documentales se encuentran Outro
País (1999), Fleurette
(2002), Novos Lisboetas
(2003), Lisboetas
(2004), A ciudade dos
Mortos (2009) y
Alentejo, Alentejo
(2014). Su primer trabajo de ficción Viagem
a Portugal (2011) con
Maria
de Medeiros e Isabel Ruth, también ha sido merecedor de
reconocimientos internaciones.
Ficha Técnica:
Actores: Kirill Kashlikov, Isabel Ruth. Voz femenina: Nina Guerra.
Acordeón: Vitaly Koindratenko
Fotografía: João Ribeiro. Sonido: Miguel Moraes Cabral. Sonido
adicional: Olivier Blanc. Música original: Alfredo Costa Monteiro.
Edición: Pedro Marques. Produccción: Catarina Almeida y Sérgio
Tréfaut. Produccción ejecutiva: Ukraine, Toy Pictures y Elena
Lysenko.
Ganadora
como Mejor Película Portuguesa en el IndieLisboa
International Independent Film Festival, 2016.
El
tren de la línea norte,
Marcelo Martín, Cuba, 2014.
Marcelo
Martín (La Habana, 1980) es graduado de Diseño de Comunicación
Visual, en el Instituto Superior de Diseño (ISDI), se inicia como
realizador de publicidad para televisión. Más tarde fue profesor en
la Escuela
Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Comienza
dirigiendo varios
documentales principalmente de encargos, hasta que emprendió
proyectos más autorales. Sus obras incluyen
Air Supply, una
brisa de amistad
(2005),
Malegría
(2006),
Misa por Cuba
(2007),
Séptima estación
(2009),
A ultranza
(2010) y
Elena
(2012).
Ficha
técnica:
Productora: Abarca Films /
Producciones Caminos / Orprosen INC. Guión: Marcelo Martín.
Producción: Mayelín Núñez. Producción Ejecutiva: Ángel Piedra,
Joel Suárez, Vicente Sendra, Marcelo Martín. Fotografía: Ernesto
Calzado. Edición: Daniel Diez, Jr. Música: Santiago Feliú (RIP),
Harold & Ruy Adrián López-Nussa. Sonido: Michel Caballero.
Premio
Caracol como el mejor de su categoría (documental) en la sección de
Cine, Radio y Televisión de la UNEAC
Premios
Cibernauta –otorgados por la votación del público en la web- en
la categoría documental, en el marco del 37 Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano (La Habana, Cuba).
José
Luis Torres Leiva (1975, Chile) tiene una amplia trayectoria como
cortometrajista y director de videos independientes. El
cielo, la tierra y la lluvia (2008) fue su primer
largometraje. Apoyado por el Hubert Bals Fund (HBF), fue nominado al
Tiger Award y ganó el Premio FIPRESCI en el IFFR de 2008. Verano
también contó con el
apoyo del HBF y su premiere se llevó a cabo en el Festival de Cine
de Venecia de 2011. Entre sus obras podemos citar Confesiones de
un caballo suicida (2002, corto), No tengo nada que decir
(2003, corto), Ningún lugar en ninguna parte (2004,
documental), Los ojos abiertos (2004, corto), Obreras
saliendo de la fábrica (2005, corto), El tiempo que se queda
(2007, documental), El cielo, la tierra y la lluvia (2008),
El secreto (2008, corto), Trance uno (2008, corto),
Trance (1-10) (2008), Primer día de invierno (2010,
corto), Tres semanas después (2010, documental) y Verano
(2011).
Ficha técnica:
Guión:
José Luis Torres Leiva; Elenco: Ignacio Agüero; Producción
Ejecutiva: Catalina Vergara; Producción General: Carolina Quezada,
Asistente de dirección: Tiziana Panizza; Dirección de Fotografía:
Cristián Soto; Montaje: José Luis Torres Leiva y Andrez Chignoli;
Sonido: Claudio Vargas, Fernando Marín.
Mejor documental,
Festival de Cine de Cartagena, Colombia, 2016.
Referencias:
.- “El Tren de la
Línea Norte: Historia de un pueblo sepultado por las penurias”,
por Redacción Redacción Café Fuerte, 17 de julio de 2016, en:
CaféFuerte: la palabras claras y el café fuerte para entonar el
día, http://cafefuerte.com/cine/29425-tren-la-linea-norte/
(consultado el 05/10/2016).
.- “El viento sabe
que vuelvo a casa (The Winds Know I´m Coming Back Home)”, en
Cinéma du Réel,
http://www.cinemadureel.org/fr/archives/programme-2016/competition-internationale/el-viento-sabe-que-vuelvo-a-casa
(consultado el 05/10/2016).
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