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La autonomía del comer. Sobre Candy Bar.

La autonomía del comer. Sobre Candy Bar , el más reciente documental de Alejandra Szeplaki.  Candy Bar , Alejandra Szeplaki, 2018 ...

viernes, 28 de diciembre de 2018

La autonomía del comer. Sobre Candy Bar.

La autonomía del comer.
Sobre Candy Bar, el más reciente documental de Alejandra Szeplaki. 

Candy Bar, Alejandra Szeplaki, 2018
1.-
Desde pequeña, no me gusta el refresco, ni las tortas con merengue. De hecho, en las fiestas de mi infancia, sólo aceptaba el helado y la gelatina. Hoy, no me desvivo por ninguno de los dos; y me mantengo firme en mi negativa ante las gaseosas (ni el Cuba Libre sobrevive). Sigo ajena a la crema pastelera. Y nada de chucherías, incluso en el cine. Era una niña rara. Hoy, el aguacate solo lo tolero en guasacaca. Adoro las acelgas y espinacas, pero no el berro. Soy fan de la berenjena y el calabacín. Las frutas, se me dan mejor en jugos o mermeladas que en su forma natural.  En fin, que se trata de mis gustos culinarios…
¿Pero son éstos en realidad mi gustos? ¿Como lo que realmente me gusta, me gusta realmente lo que como? Eso que llamo mis gustos, ¿son míos en realidad?, ¿tuve la autonomía para forjar en mis papilas gustativas amor por ciertos sabores y rechazo por otros?
Más allá de las teorías conspirativas sobre la publicidad y el mercadeo y el mercado; hasta hace poco creía que sí. Que yo y mi voluntad, habíamos cultivado un gusto por la comida y también, por qué no, un placer por el comer.
Pero entonces me topé con Candy Bar, el último trabajo de la Szeplaki, y todas mis convicciones temblaron. Mi supuesta autonomía del gusto entró en duda (y hasta en pánico).
2.-
Viviendo aún dentro de nuestras fronteras, Alejandra se plantea un filme sobre lo que comemos. La motivación principal, era la meta del milenio alcanzada por el gobierno en lo que a materia alimentaria se refería. La FAO nos celebraba el esfuerzo y hacía entrega de un título que poco nos duró. Dos años después y con el documental ya casi listo; el panorama de la alimentación en nuestro país había cambiado radicalmente y todo lo planteado en el discurso del filme, carecía de vigencia. Eso es un documental. Ese es su riesgo y su virtud.
A la par, la directora decide emigrar con su película a cuestas, sabiendo que tendría que no sólo remontar lo filmado; sino darle un giro a la narrativa original para enfrentar la nueva situación venezolana. Ahora, somos un país de gente mal alimentada, otra subalimentada y otras miles, que no se alimentan (casi) nunca.
Szelpaki acepta el reto y con apoyo argentino en la producción, rearma el discurso estructurándolo en tres tramas que se superponen unas a otras y que buscan darle coherencia a lo filmado, a lo que tuvo que filmar y a la entrada de un nuevo país como socio del filme y que por ende, exige protagonismo en la historia. Para otra ocasión, dejamos una entrevista a la realizadora sobre este work in progress que significó la producción no de uno, sino de dos filmes “en directo”. Una valiosa lección para todos los realizadores (más en las actuales circunstancias de la industria local y regional).
3.-
Para lograr su objetivo, la directora arma tres tramas y divide la narración en tres capítulos. Las tramas amparan el discurso general sobre el tema alimentario. Los capítulos abordan los tres aspectos que se quieren subrayar en relación con la comida y el acto de comer (dos cosas que van unidas, pero que no son lo mismo, valga acotar).
La primera capa narrativa versa sobre lo que come la gente y por qué, lo que opinan al respecto, lo que sienten cuando comen, lo que hacen para comer (y comer mejor, cuando se puede). Esta primera capa cumple con los cánones del clásico documental de entrevistas, construyendo una serie de “personajes” cuidadosamente seleccionados, para sustentar el argumento. Tenemos entonces la exmiss, la “gordita” que aspira a una mejor figura (pero a quien sus propias condiciones materiales de existencia, le hacen casi imposible lograr su meta); dos líderezas comunitarias que cultivan y educan a sus familias y vecinos; una doctora clase media alta quien cuenta con la ayuda de su “doméstica” en la preparación del menú diario; y una abogada venida del campo y que en pleno corazón capitalino, sembró su conuco y come lo que sus manos cultivan.
A la par de estos personajes, nos topamos también con algunos argentinos entrevistados al azar. Se siente el peso de Venezuela en esta diégesis, no sólo por la cantidad de entrevistados, sino por el tratamiento dado a los mismos. Mientras que los argentinos nos hablan desde las calles, como transeúntes que efectivamente transitan una narrativa “ajena”; las venezolanas nos hablan desde sus espacios de vida: casas, comunas, barrios, cocinas, etc. 

La cocina como espacio femenino.
Curiosamente, no hay hombres en dicha narrativa (y como veremos en ninguna). Con la excepción de un productor urbano -con título universitario que ampara su experiencia- que alimenta la despensa de un restaurante del este capitalino, dirigido por un chef, también hombre. Será que la comida, ¿es también una cuestión de  género? ¿Las mujeres pa’ la cocina y los hombres a la cuisine? Pregunta pendiente de respuesta.
Se establece luego, por encima de esta primera narrativa, una línea más argumentativa, que hila las diferentes experiencias de vida, bajo el paraguas científico y académico. La antropóloga argentina Patricia Aguirre nos explica el carácter social, económico y político del comer. Será ella quien marcará los tres capítulos que conforman el abordaje que sobre la comida nos brinda el filme. Convirtiendo entonces a Candy Bar, en un documental cuyo tema final no es tanto la comida como el acto de comer: sus orígenes, las causas de su actual estado y las consecuencias del mismo.
En última instancia, pero que es la primera, surge una mega-diégesis con otro personaje, quien desde su yo como narrador y creador de ese universo, viene a contarnos cómo nace la preocupación por el tema y cómo se desarrolló la elaboración del documental a través del tiempo. Se trata del personaje de la directora: desde que tuvo la idea entre manos, hasta que culminó el trabajo en otro país y con otra película. Tan sólo dos años es cierto, pero en el que nuestra Venezuela fluctuó tanto, que hacía imposible asir de manera coherente cualquier discurso que fuera trasversado por la economía y la política (y la comida, está presente en ambas).
Esta diégesis es la más débil. El personaje de la directora, si bien hace el viaje por los avatares de la producción; no conecta de forma concreta su historia, con la de los otros personajes que padecen o disfrutan, el acto de comer y la consecución de alimentos sanos para ello.
4.-
Que la  comida es un acto social y económico, lo tenemos más o menos claros los comensales. Aquellos privilegiados que podemos alimentarnos, al menos una vez al día. Aunque semánticamente, comensal es una persona de categoría diferente a aquel que come, a aquel que se alimenta o, subsiste ingiriendo lo que consigue a su paso. Es decir, comensales son pocos; comedores somos muchos.
Pero (casi) todos comemos en familia, con amigos, o en la estricta soledad de la oficina y su confinamiento. (Casi) Todos comemos los alimentos que podemos pagar, o los que podemos conseguir. Otros se esfuerzan por ingerir los alimentos más sanos; otros sólo pueden conformarse con los menos indicados.
Cuando hablamos de comida entonces, parecemos estar en el terreno de la cotidianidad, del diarismo. Incluso, puede el tema a veces parecernos molesto o aburrido, cuando es a nosotros a quien nos toca hacer mercado o pasar rato en los fogones: debo cocinar mi almuerzo de mañana, qué meto en la lonchera de los chamos, llegué cansada de la oficina, ceno o paso de largo… Rutina, rutina tras rutina.
Pero resulta, tenía que venir una bofetada para tomar conciencia, que la comida y el acto de comer, no son tópicos restringidos al ámbito personal (o familiar). El acto de comer, que también ha devenido (fundamentalmente) en un acto de consumo, es un acto social, económico y político; en el que los ciudadanos hemos perdido la autonomía de nuestra selección alimentaria.
Si  usted creyó que cuando  posee el dinero necesario, come lo que le gusta o se le antoja; está más que equivocado. Come lo que otros deciden por usted. Otros varios que van desde grandes corporaciones de procesamiento de alimentos y comidas (que cada vez alimentan menos), hasta el gobierno que puede favorecer (o no) cierto tipo de políticas que enrumban hacia nuestras despensas ciertos productos y no otros.
¡Sorpresa! No me gusta el calabacín por decisión propia. 

El mercadeo de alimentos: una cuestión también política.
5.-
¿Entonces como lentejas con apio porque no hay más nada? No exactamente. Este mundo en que vivimos tiene la capacidad de brindarnos comida suficiente para satisfacer la demanda de los habitantes actuales. Y no es tema sólo de la madre tierra. Se están produciendo los alimentos (el cómo se producen, es capítulo aparte). Sin embargo, por la ya clásica mala distribución de la riqueza; los pobres y más pobres, sólo tienen acceso a la energía barata: carbohidratos, azúcares, etc. Piense usted en la comida rápida (barata en todos lados, menos en nuestro país, donde barato no es nada), en los llamados snacks, que se han  convertido en la merienda de los niños y en el almuerzo de los trabajadores. Sin olvidar la caja CLAP: harinas, más harinas, grasas, enlatados y algo de proteínas (las baratas: los granos).
Los ricos, ese 10% de la población que existe aunque usted no lo vea, tienen acceso a las  energías caras que son las saludables. Proteínas de primera: carnes de todo tipo (piense usted en comprar pescado y saque cuenta de su presupuesto), alimentos poco procesados (es decir, con la menor cantidad de químicos y de procedimientos industriales en su fabricación), vegetales, hortalizas y frutas.
Todo aquel que ha hecho dieta por alguna razón u otra, sabe que comer sano es lo más costoso del mundo. Cada vez que le veo el precio al kilo de lechoza, entro en llanto.
El sistema (capitalista y neolliberal, así se arrechen algunos de los lectores), está hecho para que solo el adinerado pueda ser llamado comensal y ser un sujeto saludable. El pobre estará desnutrido, y será gordo, feo, sudoroso y propenso a muertes evitables como los infartos…. Usted y yo, mal comeremos lo que la industria  más vende (piense en los los cines, que hacen más dinero con los snacks que con los tickets) y tendremos a su vez que pagar medicamentos a la otra gran industria mundial (que en muchos casos, es su socia -Monsanto, Bayer-)

Donas: lo único sano es el "hueco".

6.-
Pero no se trata solo de la distribución de los alimentos según la clase social a la que se pertenece. Se trata también, de la procedencia de dichos alimentos. ¿Sabía usted que en los actuales momentos en nuestro pabellón sólo el plátano es 100% venezolano? Ya de criollo, le queda poco al plato nacional.
El  gobierno ha fomentado una economía de puerto en detrimento de nuestros campos, logrando que la arepa, producto de las manos del “hombre de maíz”, sello de nacimiento y ciudadanía según la Polar; sea ahora elaborada con harina procedente de México y Brasil (por nombrar dos que están justo ahora en mi despensa). Igual pasa con las caraotas negras, famosas por su versión con azúcar o sin azúcar. Los porotos vienen ahora de Argentina o Nicaragua; y el azúcar de la discordia, viene de  Brasil (otra cita de mi propia despensa).
Cuando no hay soberanía en la producción de alimentos, y a eso usted le suma la imposibilidad de seleccionar lo que come -la falsedad de la hipótesis del gusto-; resulta ser que somos seres carentes de autonomía hasta en el ámbito de nuestra propia alimentación.
No se puede ser autónomo cuando nuestros gustos, nuestros deseos alimentarios y alimenticios; son producto de una selección restringida e impuesta. El clásico ejemplo del niño que odia la espinaca porque nunca la ha comido. Y que luego quizá la acepte, porque Popeye la come y lo hace fuerte. Claro, Popeye ya no emociona a mis sobrinxs nietxs; y nuestros actuales super héroes son abstemios y anoréxicos.
Pero nosotros, ahora adultos, seguimos sometidos a las decisiones relacionadas con el gusto que nos ofrecen los medios; las despensas organizadas de los súpers; o lo que ofrece la caja Clap. Con suerte, el verdulero gocho de su cuadra esta semana traerá hortalizas. Esperemos nosotros  contar con la misma suerte, y poder pagar el brócoli.
El cultivo del gusto, como el cultivo de alimentos, toma tiempo. Requiere de cariño, de ciertos esfuerzos, de tener opciones de selección; y sobre todo, de educación y formación.
Debemos rescatar el campo (y la ciudad como espacio de producción, pues nada tan inútil como una ciudad, que consume y consume y nada produce -si quitamos la burocracia-); para así conseguir soberanía alimentaria en el ámbito de la producción. Y dejarle a los puertos, la ración que les corresponde en la proporción justa de aquello que no se puede producir localmente. El puerto como lujo (un bacalao, un espárrago, u otra cosa que su papila gustativa aún desconoce). Debemos también rescatar la conciencia sobre nuestro consumo. Para desde allí, comenzar a elaborar una autonomía del sujeto que somos.
Si el comer, como afirma el documental, es un acto afectivo y social, debemos rescartar esa esencia y amar lo que comemos. Cocinar para nosotros y para el otro que agasajamos con el producto de nuestras manos. Comer como acto erótico.  
Si el comer, es un hecho económico, la lucha no es solo por tener el dinero suficiente para hacer un mercado sano y variado. Esa claro, es la primera batalla. Pero también lo es, la lucha a mediano y largo plazo, por cultivar lo que comemos. No podemos seguir fomentando un imaginario donde la comida provenga de una caja o una bolsa de plástico. La comida, viene del campo, aún cuando pase luego por procesos industriales necesarios e inevitables. Comer como acto de soberanía.
Y si el comer es un ejercicio político, es nuestro deber como ciudadanos reclamar, impulsar, proponer, fomentar y demás verbos adyacentes; una política que cambie el estado actual de la cosas. Que no por ser así desde hace mucho, son como deben ser. Comer como asunto público y de estado. 

Ver para comer.
7.-
Candy Bar, aludiendo a las barras dulces altamente procesadas, llenas de azúcar, colorantes y todo tipo de ingredientes, menos los “alimenticios”; es un documental político de gran importancia en este momento país y que asume un vital riesgo en el contexto actual.
No sabemos cuándo podrá ser exhibido nuevamente en el país. Creemos que su espacio no son las salas comerciales, visionándolo mientras nos atragantamos unos nachos de amarillo atómico Nº 5. Es más bien una película para ser exhibida en todo comedor existente: de fábricas e industrias, de escuelas, de hospitales. En toda comunidad que luche por su soberanía y autonomía (alimentaria, pero también política). En el campo ausente. En los comedores universitarios, en los comedores de las oficinas citadinas de la burocracia. Un documental para ver mientras comemos en compañía de otros. Mientras ejercemos nuestro derecho a ser comensales del mundo unidos.
Después de ver Candy Bar, no es que correré al gimnasio, dejaré las tortas de chocolate o abandonaré mi arepas mexicanas. No. Porque no es un documental de autoayuda, libro de dietas para una vida saludable y mejor. Ya alguien se robó ese queso y hay muchas vaca culpables sueltas por ahí. Candy Bar es un documental político en el sentido clásico en que esa palabra se aplica al género. Es incómodo. Toma tiempo cultivar el shock que nos produce. Pero es un documental urgente.
Descubrirme falta de autonomía en lo como, en lo que ingiero; que trago y trago sin conciencia, que creí tener gustos propios y que todo es un espejismo; no es algo que nos agrade a primera vista. Pero si bien el amor no siempre entra por los ojos; la experiencia dice que siempre entra por la boca. ¡Ver para comer! ¡Comer como ejercicio de nuestra (necesaria) autonomía!

Ficha Técnica:
Estrella Films y Cine World presentan Candy Bar.
Edición: Alfonso Herrera Mora y Franco Cruz.  
Música: Nascuy Linares.
Diseño de Sonido: Marco Salavarría.
Sonido: Matías Lertora.
Diseño: Shakti Sánchez.
Director de fotografía: Leonardo Magliocoo, Mohamed Hussain; David Mosquera.
Co-Productores CNAC, INCAA, Programa Ibermedia, Cine World, Estrella Films.
Producción ejecutiva: Daniel Jerozolimski, Diego Corsini.  
Producción: Daniel Jerozolimski
Guión y Dirección: Alejandra Szeplaki.

Tráiler:




sábado, 29 de julio de 2017

De la lujuria y la ira: excesos y carencias.

A propósito de Groom's block (Damat Koğuşu, İlker Savaşkurt, Turquía, 2016).


I.- Los pecados capitales.
El asunto de las pasiones humanas, cómo gestionarlas, cómo sentirlas y vivirlas sin exceso; ha sido una constante interrogante de nuestra historia como seres sociales. Cuál es el punto justo, donde cualquiera que sea mi pasión, mi humor (ese pus negro según ciertas tradiciones filosófico-religiosas y luego retomada por la psiquiatría) puede ser ofrecido al otro, sin que esto violente su propia subjetividad.
No siempre pasión y amor son sinónimos. Así lo entendieron las religiones, que impusieron severas restricciones al disfrute del cuerpo a través de mandamientos, tablas caídas del cielo y en casos extremos, un ascetismo pleno y el silicio. También así lo entendió la sociedad laica y civilizada, al crear sistemas y espacios para el control pasional. Por un lado los de carácter preventivo, como el destierro, la sagrada familia o las escuelas; o los de tipo punitivo, cuando el desbordamiento fue inevitable como las prisiones y los psiquiátricos.
Lo cierto es que desde tiempos muy antiguos, la pasiones han tenido un límite. No en balde -y tampoco casual-, la base de la gran mayoría de los códigos civiles modernos, postmodenos, post-postmodernos; son las normas religiosas de cada cultura, que hacen hincapié en el recato ante la voluptuosidad deseante.
Los pecados capitales son ejemplo perfecto de ello. Su diferencia con otros pecados a los que somos propensos los hijos de Dios, estriba según Santo Tomás, en que:
Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.”
La historia de estos pecados, que al inicio del cuento eran 8, se remonta al monje Evagrio Póntico (345-399) quien escribió en Sobre los ocho vicios malvados, una lista de ocho vicios o pasiones malvadas (logismoi en griego) fuentes de toda palabra, pensamiento o acto impropio, contra los que sus compañeros debían guardarse. Dichos vicios fuente de otros pecados, estaban divididos en dos grandes categorías:
Cuatro vicios hacia el deseo de posesión:
Gula y ebriedad (Γαστριμαργία, “gastrimargia”), avaricia (Φιλαργυρία, philarguria: "amor hacia el oro"), lujuria (Πορνεία, porneia, lujuria, "amor a la carne"), vanagloria (Κενοδοξία, kenodoxia, "vanagloria, vanidad, egolatría").
Y otro cuatro, que son los vicios irascibles, que -al contrario que los concupiscibles- no son deseos sino carencias, privaciones, frustraciones:
Ira (Ὀργή, orgè: cólera irreflexiva, crueldad, violencia); pereza (Ἀκηδία, acedia: depresión profunda, desesperanza), tristeza (Λύπη, Lúpê, tristeza) y orgullo o soberbia (Ὑπερηφανία, uperèphania). 

Los siete pecados capitales. El Bosco.
  
En el siglo VI, el papa romano San Gregorio Magno (circa 540-604), en su Lib. mor. en Job (XXXI, XVII), revisó los trabajos anteriores para confeccionar una lista propia definitiva reduciendo los vicios a siete, pues consideró, vaya curiosidad y atrevimiento, que la tristeza era una forma de pereza (si usté se siente triste, seguramente es por falta de oficio).
Detengámonos un poco en las dos categorías. La primera, habla de la posesión. Son vicios que apuntan al deseo excesivo de poseer algo, que dentro de los controles sería permisible. Nadie niega el comer, el beber, la necesidad del dinero, las apetencias de la carne, o el amor propio. Pero cuando éstos rebasan cierto límite (¿y quién lo demarca y demarcará?), ya no se trata sólo de una necesidad, sino de un deseo de poseer en desmesura y a cualquier precio.
Los otros pecados en cambio, provienen de nuestras (humanas) carencias y frustraciones: nos enfadamos porque algo nos falta (el despecho como ausencia de reciprocidad del ser amado); nos quedamos arropados en la cama, porque carecemos de oficio o de técnica para hacer algo; nos sentimos melancólicos por la perdida de alguien o algo (como el luto), o nos creemos más por tener menos (como los autoritarios).
De lo que se trata la vida entonces, es de tener la temperancia suficiente para mantener un equilibrio entre la posesión y la carencia. Parece asunto fácil. La historia ha demostrado que no lo es.

II.- El capital del pecado.
Para controlar y penar los pecados, se recurre a la aplicación de su inverso como método de prevención y castigo. Así contra los excesos de la posesión, se establecen normas y códigos que limiten (e incluso supriman) la voluptuosidad. Un ejemplo normativo, las horas establecidas para la comida, rigurosas dentro de la familia, la escuela y también los reclusorios de distinto tipo.
Contra las carencias, se establecen tareas para llenar ese vacío: el trabajo y sus horarios, el ejercicio físico, el tiempo normado del ocio: la normativa del tiempo en general. Caso paradójico el de la ira: pues contra ella, se ejerce la supresión del objeto de nuestra furia. La cárcel, los ancianatos y manicomios de todo tipo, privan a lo social del objeto perturbador (incluyendo nuestra mente, que es anestesiada con fármacos); además de prevenir a lxs Otrxs, de nuestras propias carencias y sus posibles excesos.
Una cinta de moebius que cual serpiente, se muerde la cola: te privo de un exceso, por ende te genero una carencia, y luego privo al mundo de tu posible exceso pecaminoso.

III.- El pecado represor.
Dentro de este sistema de excesos, carencias y privaciones, la cárcel ha sido un ejemplo profusamente estudiado. En el programa de NatGeo El mapa del infierno, con la exuberante conducción de un Danny Trejo muerto, una de las primeras cárceles protestantes de EE.UU. es colocada como un ejemplo perfecto de visión infernal moderna. Hace tiempo que Dante había pasado de moda.
¿Pero qué pasaría, como pasa, si dentro del recinto carcelario coloco en un mismo pabellón, sin distinción de barómetro pecaminoso, a todos aquellos acusados de algún tipo de lujuria? Ese pabellón existe y se le conoce, en la jerga turca como Groom's Block. En el país otonomano, no debe ser poca cosa pasar un tiempillo en este purgatorio. 
 
Groom's Block.
¿Cómo funciona el Groom's Block? Todos los allí recluidos han cometido lujuria. Es decir, y veamos las acepciones: i) pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual, o un deseo sexual desordenado e incontrolable; ii) compulsión sexual o adicción a las relaciones sexuales; iii) el adulterio y la violación; iv) pensamientos posesivos sobre otra persona; v) un «vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales» o; vi) el «Exceso o demasía en algunas cosas». Al parecer, todos somos lujuriosos en algún momento de nuestras vidas. 

El jardín de las Delicias. El Bosco.
En este recinto, metáfora no sólo de Turquía sino -lamentablemente- del estado de muchas de nuestras sociedades -incluyéndonos-; tenemos a un policía violador, a un retrasado mental (me disculpan la expresión, pero así se representa al personaje en el filme) que no puede contener sus impulsos ante nada; un par de ancianos que ya olvidaron cuándo y porqué llegaron allí, y a nuestro joven protagonista, cuyo pecado fue amar

Groom's Block.
Obvio que los pederastas no se mantienen ni en pie, ni en vida. Hasta los pecadores más abyectos, tienen moral.

Groom's Block.
Se impone en dicho bloque, una ley interna de esclavitud según un sistema de castas, amparado por el director, donde un pran proveniente de Homicidios y puesto allí para imponer orden, ejerce la subyugación de las almas que ejercieron el exceso de posesión (ahora almas que él posee, gracias a la soberbia, otro pecadillo común). La carencia entonces, es la del orden cerrado. Una carencia ejercida a través de trabajos forzados (combatir la pereza, evitar la ira, etc), de la humillación constante (para evitar la soberbia), la violación rapaz (para ahuyentar el deseo carnal y más bien sentir temor ante el contacto físico con el otro); y otro sin fin más de mecanismos en nada diferentes a los practicados, con más civilidad, en las afueras del Bloque y también de la cárcel.
¿Qué diferencia entonces, a quienes ejercen los roles: atacantes y sus víctimas, inocentes y culpables, autoridades y sus sujetos de dominio? Incluso, los parientes que vienen de visita a descargar su ira por el bochorno provocado por la lujuria expuesta y la marca en la frente que todos cargarán a cuestas; y el resto de la ciudad más allá de los muros, que con su silencio cómplice y la condena que hacen, preservan el sistema? 

IV.- El pecado represado
Se reprime el deseo de posesión del Otro, con la impostura de una carencia. La lujuria, se controla con la ira. La ira, se controla con lujuria, avaricia y vanagloria. El sistema ha creado un método de control, que nada tiene que enviarle al purgatorio: la eterna repetición de los actos, del arco infinito de excesos y carencias.
Pero de la ira, debemos cuidarnos Sancho. Desde su primigenia acepción, la ira es un sentimiento no ordenado ni controlado, de odio y enfado; y que se suelen manifestar como una negación vehemente de la verdad -tanto hacia los demás como hacia uno mismo-; impaciencia con los procedimientos de la ley y el deseo de venganza fuera del trabajo del sistema judicial (llevando a hacer justicia por sus propias manos); fanatismo en creencias políticas y religiosas, generalmente deseando hacer mal a otros, y que incluye la intolerancia hacia otrxs por razones de raza, religión u orientación sexual, llevando a la discriminación. Curiosamente, el gran Dante, basándose en que la la ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal (aunque uno puede odiarse y ser irancundamente egoísta), describe a la ira como «un amor pervertido por la justicia y devenido en venganza y resentimiento». 

La ira. Tacinum Sanitatis.
Como vemos, la ira es casi, la mamá de los pecados modernos: genocidios, feminicidios, racismo, fanatismos de todo tipo, y por supuesto, el ejercicio de la lujuria como exceso hacia los otros.
¿Pero cómo combatir una ira desparramada entre reos de distinto tipo (imagine un policía entre lujuriosos; un campesino ante un homicida serial); entre el sistema carcelario y el Groom's Block; entre el director de la cárcel y gobierno local, regional o nacional. Entre los reos, que son parte de tu familia parental o social; y el resto de la sociedad, de la que forman parte aunque se trate de negarlo?

Groom's Block.
V.- Tu pecado y la virtud.
Nos dicen los tratados religiosos, que a cada pecado le corresponde una virtud. Ante la lujuria, la castidad, entendida como el comportamiento voluntario a la moderación y adecuada regulación de placeres y/o relaciones sexuales, ya sea por motivos de religión o sociales. No se confunda con la abstinencia, ni con esos castigos del suplicio, que penan al cuerpo por deseos de la mente. Y ante la ira -ese demonio desatado, la hora loca, el dibujo libre-, la paciencia, actitud digna de sobrellevar cualquier contratiempo y dificultad.
Pero creo que siguiendo las virtudes teologales, a los habitantes del Groom y demás recintos; a los burócratas del aparto estatal controlador (y represor), a la sociedad en general, que juzga según su voluntad y dejar sus humores pútridos en chismorreos, abyecciones, defenestraciones y cargas de culpa sísifas; nos convendría un poco de templanza.
Si bien se receta para los casos de gula, creo que de las virtudes es la más necesaria y lastimosamente, la más escasa. Se entiende por templanza, a la moderación en la atracción de los placeres y la procura del equilibrio en el uso de los bienes creados. Se trata de asegurar el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantener los deseos en los límites de la honestidad

Groom's Block.
Con algo de templanza, no impondríamos carencias ante los excesos; ni excesos institucionalizados ante las carencias. Seríamos moderados, lo que implica un equilibrio entre los polos y por ende, la ruptura de las dicotomías que nos sumergen en el purgatorio. Seríamos honestos, que implica recato, justicia, probidad, rectitud, y la capacidad de ser razonables ante los hechos.
Olvidemos para siempre la misericordia, esa que al final uno siempre tiene por quien creía culpable y resultó inocente y que termina en compasión. La misericordia no es más que (y siguiendo al Diccionario de la RAE): i) un sentimiento que lleva a la compasión; ii) un banquito dispuesto en las iglesias para trampear el tiempo de la liturgia que deberíamos pasar de pie (el disimulo legalizado por la arquitectura y el diseño de interiores, lo que no es más que la hipocresía); y iii) el puñal con el que solían ir armados los caballeros en la Edad Media para dar el golpe de gracia a los enemigos.

Diversas formas de Misericordia. Pieter Brueghel.
Hay mucha puñetera misericordia suelta -con puñales incluidos y banquitos para asistir al circo-; mezclada con ira y el desborde del exceso lujurioso.
Volvamos a la templanza de los primeros tiempos (y lo dice alguien que hace rato dejó de creer en señor que habita lo cielos). Yo me niego, a habitar este Groom's Block. No acepto la opción clásica del sistema, de escoger entre lujuriosos o iracundos. No acepto que al final del juicio final, venga un juez ciego (de ira, de lujuria y sentado en su misericordia) a repartirme su compasión en forma de derechos propios de mi subjetividad; a convertir esa misma subjetividad (tanto la mía personal, como la de nuestro cuerpo social) en una obra de misericordia: una pequeña porción dada en caridad o limosna.
La templanza, como toda virtud, es necesario ejercitarla.

 
Tráiler de Groom's Block

Referencias:
.- Dante Alighieri. La divina comedia. Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012. Acceso en: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmchh6t0
.- Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española, edición Tricentenario: http://dle.rae.es/
.- Sobre los Siete Pecados Capitales: https://es.wikipedia.org/wiki/Pecados_capitales



 


viernes, 7 de julio de 2017

Poco invierno y mucho fuego: la libertad disfrazada de comunidad.


Winter of fire y Venezuela: un lugar de desencuentros y desencantos.

Some of the images in Evgeny Afineevsky’s Winter on Fire: Ukraine’s Fight for Freedom will be familiar from CNN and social media, and not only because the specific events — the protests in Kiev in early 2014 that drove Ukraine’s President Viktor F. Yanukovych from power — were widely broadcast at the time. They were also part of a pattern. The spectacle of thousands of people gathering in a city square and refusing to leave in spite of state violence, bad weather and internal dissension has become a common sight, in Cairo and Istanbul and in the earlier wave of “color revolutions” in what used to be the Soviet bloc”.
A. O. Scott.

La próxima generación de la Revolución.

Muchos son los medios de comunicación -nacionales e internacionales-, los analistas políticos, los críticos de cine y otras artes, y hasta los mismos protestantes -en especial los jóvenes-; que ven una gran similitud -al punto de hablar de “influencia”- entre la situación actual venezolana y los eventos del invierno ucraniano de 2013-2014. Gran parte de esas comparaciones y de la llamada influencia en los insurgentes, se debe a la popularidad y a las reiteradas proyecciones ahora públicas, del documental de Netflix Winter of Fire, del director ruso Evgeny Afineevsky. 


Como bien dice Scott en su crítica de The New York Times (1), la popularidad y familiaridad de las imágenes del documental, no se deben sólo a la amplia cobertura que los medios occidentales hicieron de la Revolución del EuroMaidán; sino que las mismas, comparten el patrón característico de los media: la espectacularización de eventos similares, donde miles de civiles con el clima en contra, resisten la embestida violenta de lo que se ha llamado un estado forajido. Cambie usted las banderas y tendrá su puesto en las plazas de El Cairo, Estambul, Trípoli y demás.
Y eso está bien. Afineevsky y sus productores no quieren ni pretenden, hacer una investigación política de los hechos. Sólo desean hace propaganda. Un sub-género cinematográfico que tiene sus orígenes en el mismo Edison. Por ello el filme, rellena los vacíos de investigación periodística (que disimula con la breve introducción y con un más exiguo epílogo) con una larga exposición de los sentimientos y motivaciones de los participantes, valiéndose del vívido retrato del terror, el miedo, la desesperación y la epifanía del deseo cumplido de liberación, luego de 93 días. Como dice Scott (2): logrando comunicar estos sentimientos directo al torrente sanguíneo y al sistema nervioso de la audiencia. Y para ello, para lograr ese espectáculo visceral, reflexionar está prohibido.
 
Libertad, igualdad y fraternidad: ¡Viva Europa!
El documental se subtitula “La lucha de Ucrania por la libertad”. Y asume esta causa -la libertad- como causa única y universal. Pero eso es una falacia. No sólo porque desde Platón, el problema de los universales se ha revelado complejo y nada universal (y hasta acá dejamos el lado filosófico de la cuestión); sino porque el reclamo de Maidán, como bien lo explica su nombre más popular, es un problema Euro-Maidán.
Como explica el breve intro, al Yanukovych llegar por segunda vez al poder, traía como promesa electoral el ingreso de Ucrania a la Unión Europea. Pero como todo político, al ocupar su silla viró drásticamente hacia su amigo y fiel escudero Putin y a la (supuestamente) odiada Rusia. Esta traición, este giro hacia el este y no hacia Occidente, es lo que desencadena toda la revuelta. Por lo que poco tiene de lucha por la libertad, y sí mucho sobre a quién le hinca las rodillas el pueblo ucraniano.
Es importante acá, hacer un poco de etimología. En su origen eslavo (Ucrania comenzó su vida como pueblo eslavo, para luego estar bajo el dominio y disputa de polacos, lituanos, mongoles, tártaros, astro-húngaros, alemanes, y rusos entre otros y sin orden cronológico certero) el nombre del país proviene del término krajina, que significa «país» o «territorio fronterizo» (3). Si uno ve el mapa de la zona y repasa las múltiples invasiones y anexiones, las razas que conforman ese gran trozo de tierra y demás aspectos geo-políticos, podrá entender porqué es un país frontera efectivamente. Y podrá entender también, porqué tantos imperios y reinados, querían hacerse de su territorio: el es paso más corto y efectivo, entre lo que solemos llamar Oriente y Occidente.

Ucrania: un territorio fronterizo.

El director olvida adrede este detalle, y sitúa al pueblo ucraniano todo, clamando por la libertad. Una libertad solo alcanzable, solo posible, si se forma parte del bloque europeo. De ahí el nombre de Euro-Maidán, que el documental evita pronunciar (y que en realidad significa en su idioma original -Євромайдан- ‘Europlaza’). Pero tranquilos, las imágenes y testimonios lo delatan.
En la nada improvisada tarima (y una se pregunta todo el tiempo, cuánto de espontáneo tuvo esa toma) un popular artista clama a todo pulmón: “la defensa de los valores europeos de libertad y dignidad”. Algo que confirman las innumerables banderas azules de la UE que flamean sobre todas las carpas apostadas en la Plaza, no casualmente antes llamada de la “Libertad”. 

U(E)crania .

Sin embargo, el documental intenta rescatar cierto patriotismo, aunque el tiro le sale por la culata. Cuando entrevista al encargado de las campanas del Monasterio de San Miguel, quien dobló las mismas para alertar la llegada de los Berkuts (la policía especial del régimen), este joven monástico cuenta que dichas campana no teñían desde 1.240, cuando doblaron para alertar al pueblo de Kiev de la invasión de los tártaros. Vaya paradoja, pues ahora suenan las campanas para sumir al pueblo ucraniano a un nuevo imperio. Queda borrada así, toda la historia de una nación, conformada por cientos de culturas y pueblos, con valores propios, valores como la libertad y la dignidad que tuvieron en 1.240 ante los tártaros.
 
Retórica igualitaria, retórica comunitaria.
Esta igualación de toda una nación bajo un ideal común, también se observa en la retórica de la solidaridad, la igualdad de clases, razas y credos. Uno observa como artistas famosos llevan ropas y enseres, como desde otras ciudades (e incluso desde otras partes de la ciudad, porque al sitiarse en la EuroPlaza, se auto-encierran del mundo) colaboran con alimentos y medicinas, cómo conviven clérigos de las diferentes religiones que hacen vida en la capital, e incluso como las diferencias de edades y hasta de rango militar, parecen borradas en pro de la lucha por Europa (digo, la libertad).
Y en donde hace mayor hincapié el filme, es el carácter civil de la protesta. Sin embargo, acá otra vez, los testimonios trabajan en contra. Poco a poco, con el pasar de los días, muchos militares retirados se unieron a la toma de la Plaza, y comenzaron a organizar a los civiles, como si de soldados de regimiento se tratase. Les enseñaron a defenderse a los morteros (y de ahí el uso de los escudos tan de moda hoy en Venezuela), organizaron brigadas: unas de a pie, otras tipo caballería (los auto-Maidán), otros en centro de comunicaciones, etc. Y hasta planificaron (en ocasiones con poco éxito) las incursiones fuera de la plaza, según las estrategias aprendidas en la academia. Civiles sí, pero bajo un estricto orden militar.

Organización, milicias, milicianos (frente al poder)

Todo esto: la retórica de igualdad, el carácter civil, los toques de patriotismo, etc; no son más que la retórica de la Comunidad Europea. Todas las naciones -borrando su nación pero preservando ciertas costumbres- se agrupan en un solo bloque. Bloque que defiende los intereses comunes (definidos por unos pocos), que tiene su propio brazo armado para la defensa del bloque (que no de las naciones, obviamente). Y que tiene una voz de mando: Alemania. Los demás, pasarán a ser pueblos de segunda o tercera. A Ucrania le queda el lugar de cuarto. Como bien lo dice un prelado de la iglesia, cuando creyendo que su sotana lo libraría de las balas, descubre que así no es: “Que le disparen a civiles; pero ya cuando se le dispara a hombre de iglesia, qué más se puede esperar”. Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros.
Todo lo anterior, la retórica del espectáculo y la retórica comunitaria, ya son suficientes argumentos para deslindar el Euro-Maidán de la situación que atraviesa Venezuela (y también para deslindar al documental, de su supuesta objetividad basada en las múltiples cámaras y testimonios). Sin embargo, hay un aspecto táctico resaltante y quizá, para los efectos ejemplarizantes que algunos vez en el filme, crucial.
 
Del centro y la periferia: una diferencia crucial.
La resistencia pro-europea de Maidán, fue efectivamente una resistencia. Miles de personas se congregaron en una plaza, en donde se auto-sitiaron en el centro emblemático de la ciudad y crearon barricadas y brigadas para protegerse de los ataques periféricos de los Berkust y luego de los titushki (mercenarios del mundo, unidos). Los llamados “escuderos de la libertad” (en algunos medios “escuderos de la resistencia”), que dicen inspirarse en los euro-maidaneses, están más bien en la periferia y tratando de tomar posesión del centro. Mientras que las (nada inocentes) fuerzas del orden, resisten desde un centro bastante ampliado, a los periféricos escuderos al acecho.
Ambos grupos comparten, huelga decirlo aunque es lamentable, sus propios titushki y también, cosa que el documental omite, sus propios partisanos extremistas. La creencia de que el EuroMadián fue anti-partidos no es del todo cierta (como se deja ver por ciertas banderas "sueltas"), por ciertas acciones “imprecisas” en la noche de los francotiradores (4) y como mejor lo ejemplifica, el presidente Poroshenko y sus alianzas postrevolución (5). 

La protesta y sus banderas.
 
Venezuela no es Ucrania. Pero lo que sí demuestra el documental de Netflix, es que el poder del cine-propaganda está cada día más vigente y no en vano, usa hoy el view on demand y las RRSS como su plataforma de difusión. Medios en donde las priman las emociones y los relatos basados en éstas, más que la reflexión y la investigación que demanda un cine políticamente comprometido.
Se hace necesario, dejar de buscar referentes y relatos fundacionales foráneos, periféricos. Se hace necesario también, (des)aprender a retratarnos: crear nuestras propias imágenes y en especial, nuestro propios discursos.

Notas:
(1) SCOTT , A. O. “Winter on Fire’: The View From the Trenches of a Political Uprising”, en The New York Times, 8/10/2015. Disponible en: https://nyti.ms/1LpGFwy. Acceso: 01/07/2015.
(2) SCOTT , A. O. “Winter on Fire’: The View From the Trenches of a Political Uprising”, en The New York Times, 8/10/2015. Disponible en: https://nyti.ms/1LpGFwy. Acceso: 01/07/2015.
(3) Wikipedia. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Ucrania. Acceso: 06/07/2015.
(4) “Las manifestaciones antigubernamentales fueron aprovechadas por grupos neonazis, que ocuparon edificios en el centro de Kiev, incluyendo el edificio del Ministerio de Justicia, y llegaron a secuestrar a funcionarios públicos”. (Wikipedia, https://es.wikipedia.org/wiki/Ucrania). Acceso: 06/07/2015.
(5) Para conocer otras omisiones nada inocentes del documental, recomendamos leer Marín, Pedro, “Five things Netflix' documentary on Maidan doesn't tell you about Ukraine” en Off guardian, 30/10/2015. En: